La moral es un conjunto de normas de conducta, valores, deberes y prohibiciones que nos ayuda a saber qué es bueno hacer y cómo debemos comportarnos, a estar en sintonía con el entorno en el que vivimos. Adquirimos la moral en la familia, a través de la educación formal, la no formal, la religión… Pero, cuando alcanzamos un determinado grado de madurez, de conciencia y de autonomía, nos preguntamos por qué ese conjunto de afirmaciones, de normas de comportamiento, son correctos y por qué tenemos que actuar de ese modo y no de otro. En ese momento empezamos a transitar hacia la ética.
La ética ayuda a la reflexión y nos indica por qué tenemos que hacer lo que la moral dice que es bueno hacer o es nuestro deber. Aplicamos la reflexión ética cuando nos hacemos preguntas en situaciones en las que las respuestas no son evidentes. ¿Cuándo y por qué es un valor actuar con transparencia?, ¿cómo sabemos que es bueno decir la verdad?, ¿por qué es un deber respetar a las personas?, ¿es cierto que ayudar a los demás nos hace siempre y por qué? A veces, la reflexión ética nos aportará razones válidas para reafirmarnos en nuestras convicciones morales. Otras veces, nos llevará a abandonarlas para adoptar una perspectiva distinta, porque hemos encontrado buenas razones para ello.
La ética es la disciplina filosófica que reflexiona sobre la moral que vivimos. Pero, si no tuviéramos moral, no podríamos reflexionar sobre ella. La ética nos ayuda a pensar, a utilizar nuestra capacidad de razonamiento crítico y a encontrar razones que de otra manera no podríamos encontrar. En definitiva, la ética nos permite aplicar el razonamiento crítico a nuestra vida moral y, por tanto, a vivir de una manera más plenamente consciente ese conjunto de normas que nos constituyen.